—... Lo siento, Inspector... No puedo dejar a mi familia sola en este momento... —Calvino no parecía muy a gusto con mi decisión aunque sospecho que hasta el mas insensible entenderá que la seguridad de Rebeca y de los niños está por delante de cualquier otra cosa.
—¿Entonces?
—Quiero decir... Tiene que haber otra manera... No puede meterse por la ventana así como así... —Calvino metió la mano dentro del saco y sustrajo un cigarrillo. Me lo quedé mirando durante algunos segundos—. No irá a prender eso...
—Sabe, Alenz... Usted es como el Gobierno... Se queja de los fumadores pero no dice nada de la despenalización al consumo de narcóticos...
—Tampoco estoy de acuerdo con eso...
—Eso dicen todos... Entonces dejamos que esta sociedad se someta a los dealers... Que sea dependiente y manipulable... Que propague enfermedades y cause accidentes... Que cometa destrozos, violaciones, asesinatos... —aguardé a que Calvino finalizará su extensa y previsible lista de atropellos—. Piénselo, Alenz... Puede dejar que siga todo en manos de estos muertos en vida... O puede hacer algo al respecto...
—No cuente conmigo... Ya tengo suficiente con mi familia...
—Vamos, Alenz... Por su familia no tiene de qué preocuparse... —Calvino se acomodó el cuello de la camisa—. Le digo más, ya estuve pensando como velar por su integridad...
—No me diga… ¿Y en qué pensó? Si se puede saber...
—Desde luego… No hay ningún misterio… Sólo necesitaremos unas cámaras y algunas alarmas...
—Cámaras y alarmas...
—Por lo menos dos para la planta baja...
—Sabe que con un tiro esas cosas dejan de funcionar...
—Es cierto, pero intimidan lo suficiente...
—Una intimidación bastante costosa...
—Usted lo puede pagar... Además, ya lo sabe, la vida de su familia es lo primordial... —en ese momento la puerta de la cocina se abrió de un golpeteo. Calvino agrandó sus ojos como dos huevos duros a punto de estallar—. ¿Qué es eso? —preguntó casi que con desprecio.
—¿Eso? Eso se llama Ríspido...
—¿Ríspido?
—Mi perro...
—Que nombre tan feo...
—Se lo puso Nando... Ya sabe como es con los nombres...
—Bueno, veo que alguien tiene mas decisión que usted en esta familia... —Calvino volvió a fruncir el entrecejo mientras observaba al infortunado canino.
—¿Algún problema, Inspector?
—Creo que también va a necesitar un perro... Digo, para su protección...
—¿Es un chiste?
—Su perro es un chiste, Alenz... Mírelo bien, ni siquiera se puede mover... —Ríspido se acercó cojeando de una de sus patas. El accidente que había sufrido lo había dejado entablillado y con una importante secuela que se apreciaba en cada movimiento—. Al menos en algo se parecen... —dijo Calvino mientras se repiqueteaba los nudillos—. Igualmente no vendría mal si pudiera cambiarlo por uno mas aguerrido...
—No voy a cambiar al perro...
—Bien, entonces tendrá que conseguir un arma...
—Usted está loco...
—Un arma, Alenz... No tiene nada de malo...
—Lo siento... No voy a meter un arma en la casa... Tengo dos hijos y una mujer...
—Justamente, un arma sería la solución... A menos que quiera volver a vivir otro sobresalto... No se si soy claro...
—No creo que sea una buena idea...
—¿Y por qué no? —Calvino levantó el índice de su mano izquierda y lo apuntó directo al televisor—. Fíjese, Alenz... Si ese sujeto hubiera tenido un arma no estaría durmiendo ahora dentro de un cajón... —subí el volumen desde el control remoto.
—Héctor...
—¿Cómo dice?
—Ese sujeto… Se llama Héctor...
—Lo conoce…
—Eso creo…
—¿Algún amigo lisiado del hospital?
—No... No era del hospital... —clavé los ojos en el televisor queriendo creer que sólo se trataba sólo de un parecido físico.
—¿Alenz? ¿Se encuentra bien?
—Disculpe… Creo que necesito un trago...
—Que sean dos... —sugirió Calvino.
—¿Usted no está de servicio?
—Alenz, por favor... —acaricié a Ríspido y caminé hasta el aparador donde Rebeca guarda los licores para ocasiones especiales mientras pensaba en el cuello de botella en el que nos estábamos metiendo. Calvino debió percatarse de mi preocupación.
—No se resigne, Alenz... Aún estamos en fase 1...
—Discúlpeme, Inspector, pero me parece que con la fase 1 y todas estas ideas no vamos a llegar a ningún lado...
—Todavía está a tiempo de desertar...
—A veces habla como si se tratara de una guerra...
—¿Y usted qué cree?
(FLASHBACK)
Abandoné el hospital de la Avenida Thompson el lunes pasado, un día después de la visita de mi hermano Teodoro.
La Doctora dijo que mi evolución física merecía el alta médica.
Particularmente no compartía su opinión, de hecho creo que en realidad necesitaban la cama para otros pacientes.
También hubiera preferido que a lo sumo me recetaran analgésicos o algún calmante para los dolores musculares, aunque la prescripción médica se haya basado simplemente en ansiolíticos y antidepresivos con descuento en la farmacia que se encuentra en la esquina del Hospital.
La estadía en el taxi hasta mi casa tampoco fue de las mejores. Debí ayudarme por un bastón y soportar la carga de aquella funda de yeso sobre una de mis piernas, la cual parecía ahora mucho más pesada e incómoda que en los días anteriores al accidente.
—Ya se va acostumbrar... —auguró el taxista.
—Esperemos...
—Si… ¿Cómo que no? —dijo y señaló hacia un costado en la bajada de la autopista—. Una vez me chocó un colectivo ahí, justo en el cruce... ¿Quién me la va a contar a mí? Cuarenta días tuve que estar con un yeso... Y acá me ve, vivito y coleando...
—¡Cuidado! —grité sobresaltado. El irresponsable conductor pegó un volantazo y clavó los frenos intentando esquivar al oscuro canino que derrapaba desde la nada.
—¿Por qué no mira un poco hacia delante? —pregunté con impotencia al tiempo que me bajaba del auto.
—¿Qué hace? —inquirió—. No pensará subir con el perro...
—Lo voy a llevar a mi casa...
—No habla en serio...
—Es lo menos que puedo hacer.... —aquel cachorro de pelo negro, trompa larga y aspecto escuálido temblaba entre mis brazos.
Tenía la cola y las patas encogidas, no se si por el susto o el dolor del impacto sufrido contra el paragolpes del auto.
El del taxi retomó la marcha sin saber muy bien que decir, como si hablar fuera un acto reflejo o una cuestión de vida o muerte.
—Y... ¿Qué le pasó en la pierna?
—¿Me pregunta a mí?
—Si, a usted... ¿Qué le pasó? ¿Por qué tiene el yeso?
—Tuve un accidente...
—Si, eso se ve... —ignoré el comentario y le indiqué las coordenadas. —¿Qué altura me dijo?
—A mitad de cuadra está bien... —el auto aminoró la marcha hasta detenerse junto a la puerta de la señora Goldstein, una anciana cuentera y vecina, por desgracia.
—¿Cuánto es?
—Ya le digo... —replicó pero su mano no cortó el reloj en el momento indicado—. Veinticuatro... Veinticinco pesos...
—Bien... —observé al taxista por el espejo. No se porqué será que la gente siempre se pasa conmigo.
Metí la mano dentro de la campera evitando dar con alguna moneda.
—Mejor si tiene cambio… Vengo medio complicado con el vuelto...
—Déjeme ver... —saqué los billetes y aboné la suma. El chofer se rascó la cabeza y respondió con una mueca como esperando una propina. Puse un pie en la acera creyéndome a salvo de semejante tormento. Su voz amarga con carraspera me devolvió a la realidad.
—Espere... —dijo con la mano en la guantera—. Acá tiene... Este es mi teléfono, por si necesita algo... —asentí con un parpadeo mientras ojeaba el pequeño imán de color negro. Debajo de la numeración telefónica se podía apreciar una escueta leyenda escrita en letras amarillas: Radio Taxi Héctor. Rapidez y excelencia de primer nivel.
Llegué a casa con un yeso en la pierna, los bártulos y el canino a cuestas.
—¡Papi! —gritó Nando quien me esperaba con un abrazo al otro lado de la portezuela—. ¡Me trajiste un perrito!
—Si… Un perrito… ¿Te gusta? —Nando lo examinó de un refilón.
—¿Es chiquito? —reparé en el esquelético animal. Mi hijo suele aportar muy buenas observaciones.
—Si... Creo...
—Perrito… —dijo Nando en forma de saludo. El canino ni se inmutó—. ¿Cómo se llama?
—Habría que preguntarle… —Nando observó confundido—. ¿Qué te parece si mejor le ponemos un nombre?
—No se...
—Dale... No es muy difícil...
—Está bien... —Nando pasó la mano sobre el lomo del animal y se entretuvo durante algunos segundos.
—¿Y bien? ¿Alguna idea?
—Ríspido...
—¿Qué?
—¡Ríspido! —volvió a decir.
—¿Ríspido?
—Si...
—¿Y de dónde sacaste ese nombre?
—No se… —Nando y yo comenzamos a rascarnos el cuello y la cabeza. Creo que el canino estaba lleno de pulgas.
Imprevistamente un retumbo como a madera hueca se dejó escuchar en la casa.
—¿Está Mamá en la cocina? —pregunté.
—Si...
—¿Y Macarena? —levanté la cabeza intentando abarcar mi alrededor con la mirada—. No las veo… ¿En dónde están? —Nando elevó sus hombros a modo de respuesta. Seguido a eso otro golpe muy similar al primero ganó lugar en las inmediaciones aunque esta vez con una intensidad que podía llegar a despertar a todos mis ancestros.
Tomé el bastón con mis manos y comencé a trepar los peldaños de la escalera de madera. Pude oír el tercer golpe. Provenía de la habitación que compartimos con Rebeca.
Me acerqué entonces a la puerta y, luego de echar un vistazo, pronto estuve al caer desplomado del desmayo. Allí, sobre la cama, Macarena y Rebeca yacían maniatadas mientras un intruso revoleaba los cajones de la cómoda contra el suelo.
No pude ver mucho más. Alguien logró sujetarme aprisionando mi boca y mi estómago con una inexplicable facilidad.
Casi que cayéndome del espanto, oí llorar a Macarena y a Rebeca, mientras el intruso que las mantenía cautivas regresaba sobre sus pasos con una fina y delicada cuchilla de acero…
* Continúa en Capítulo 03. Fuera de los Azulejos (¡Actualizado!)
©Ernesto Fucile | www.ErnestoFucile.com.ar
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CAPÍTULO 02 - Perro Negro
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