Tâleb lloraba desconsoladamente mientras sus manos se aferraban a una fotografía descolorida. Tendría que haberlo imaginado la tarde que cruzó la frontera para internarse en lo más profundo de la selva.
”Soy un cobarde” se repetía una y otra vez, con un lenguaje que apenas se podía entender. No había hablado el idioma desde que abandonó la ciudad, hace treinta y cinco años, cuando escapó del servicio militar y la guerra.
Lo encontramos esta mañana junto a un árbol, escarbando el terreno con sus propias manos. Tenía los pies sucios y lastimados, y se mostraba en alerta respecto al contacto con los humanos.
Rompimos el hielo invitándolo a merendar junto a nosotros, pero no fue hasta hace unas horas cuando se acercó hipnotizado por el sonido que emitía el estéreo del auto.
Conocimos un pedazo de su historia y un sentimiento de culpa se anidó en nuestros corazones. Debimos haberle dicho la verdad: La guerra nunca fue, o en todo caso había terminado antes de empezar.
¿Qué mas da? Seguramente en algunas horas, cuando sus uñas, su barba y su cabello caigan al suelo y una nueva vestimenta reemplace aquellos deslucidos harapos, Tâleb vuelva a ser un hombre civilizado y tenga otra oportunidad.
Aún así, no puedo dejar de mirarlo y pensar en cuál hubiera sido su historia si tan sólo hubiese tenido consigo una pequeña radio de bolsillo.
©Ernesto Fucile | www.ErnestoFucile.com.ar
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Tâleb
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