"Esta mañana el Ministro confirmó que el proyecto oficial de despenalización del consumo de drogas estaría listo para la próxima semana, catalogándolo como una norma 'moderna' e 'inteligente'..."
¡Basura de TV! Ya ni siquiera puede uno estar tranquilo en su propia casa. Todos los días un secuestro, un robo, y otra violación seguida de muerte por alguien que ni siquiera ha aprendido a atarse el cordón de su zapato.
Y pensar que no hace mucho tiempo nuestros padres podían salir a caminar por el parque, andar en bicicleta, estacionar los coches en la calle, almorzar en familia y pasar la tarde sentados en el umbral de casa, tomando mate y charlando con los vecinos.
No hacían falta barrotes en las ventanas, y las alarmas y los cerrojos eran todo un lujo para la época, un verdadero lujo como el echarse a descansar una siesta y dejar la puerta de calle sin llave.
Así eran los barrios. Tristemente el mundo de hoy es un tanto distinto al que nuestros padres y abuelos pensaron para nosotros.
—¿Papá?
—¿Sí?
—¿Te gusta lo que dibujé?
—Es muy bueno... ¿Qué es?
—Es el Doctor Espumoso...
—El Doctor Espumoso, eh... ¿Y quién es este otro?
—Es el Inspector Calvino...
—¿El Inspector Calvino...? ¿Dónde escuchaste ese nombre?
—Lo inventé... —Nando tiene seis años. Cuando sea grande será dibujante, al menos eso fue lo que dijo la semana pasada.
Su maestra de plástica no cree que tenga demasiado futuro trabajando ad honorem. A Nando no le importa. Dice que lo haría gratis sólo para estirar los capítulos de su saga de animé preferida. Es una pena que la productora y el canal infantil la hayan descontinuado...
—¿Nando? —gritó Rebeca.
—Está conmigo, amor...
—¿Y Macarena?
—Creo que en el cuarto, durmiendo...
—¿Ya cerraste las ventanas? —preguntó con la voz algo agitada.
—Si, mi amor... No te preocupes...
—¿Por qué no venís a descansar? Tenés que recuperarte...
—No me puedo dormir...
—¿Otra vez los pinchazos?
—Me duele un poco la cabeza, eso es todo…
—Deberías pensar en unas vacaciones y aprovechar la licencia...
—No me vendría nada mal...
—En realidad yo pensaba en un viaje familiar... Digo, los cuatro... ¿Qué te parece? Incluso podríamos usar de una vez por todas esas cañas que tanto te gustan... No es bueno que sigan pescando polvo ahí en el armario.
—Si... Podría ser...
—Cristián... ¿Seguro que estás bien? Estás actuando muy raro últimamente...
—Estoy bien, en serio... No te preocupes... —Rebeca piensa que me estoy volviendo loco, y en alguna medida tiene razón.
La licencia que me otorgó la municipalidad no me ha sido del todo efectiva. Creo que el tiempo de encierro dentro de la casa en lugar de recuperarme me está convirtiendo en un inútil.
Al menos así me estoy sintiendo ahora...
Nunca lo habría imaginado. Hace apenas una semana me creía poderoso y efectivo en mi trabajo como recaudador de impuestos.
Me había ganado un nombre haciendo valer la ley e intimando a los peces gordos de la ciudad a pagar las rentas en mora.
Luego del accidente que sufrí en una de mis piernas, el licenciado Melchor se hizo cargo de mi área de trabajo y reestructuró el departamento en forma inmediata. Ahora cualquiera lo puede ver en la televisión haciendo alarde de sus novedosas armas cazamorosos. Creo que el showman siempre le sentó muy bien, incluso en sus épocas de facultad cuando era en verdad un ratón de biblioteca. Lamentablemente la prensa lo ha favorecido a gran escala y eso hace que pocos sepan quien es en realidad el licenciado Melchor.
En tesorería muchos lo señalan como un especialista a la hora de enviar auditorías, aunque sus únicos destinatarios sean sólo las pymes y los empresarios opositores al gobierno, a quienes calumnia a través de los medios con el argumento de que no abonan en término.
Sin ir más lejos, uno de los episodios menos elegantes de su corta gestión fue la reciente rebaja con la que se vio beneficiado Laboratorios Werbay, encomendado en las últimas horas al Tribunal de Alzada por expresa recomendación del licenciado Melchor.
—Cristián…
—¿Si...?
—¿Vas a venir a la cama?
—Si, enseguida voy...
—No tardes, por favor...
—No tardo, lo prometo... —le dije. Pobre Rebeca. Si tan sólo supiera en lo que me estoy metiendo. No se para que lo hice.
No debería haber aceptado la proposición del Inspector Calvino…
—Me imagino que no habrá cometido la torpeza de quedarse dormido otra vez...
—¿Inspector...? ¿Cómo hizo para entrar en mi casa?
—Ahora me va a decir que lo olvidó....
—No... No me olvidé...
—Mejor así... Ya es la hora…
(FLASHBACK)
Conocí al Inspector Calvino la semana pasada y en circunstancias poco agraciadas. El auto en el que viajábamos junto a Rebeca y mis dos hijos había colisionado contra una mampostería de hierro que hasta entonces se elevaba en medio de la carretera provincial que interconecta algunos pueblos del sur con nuestra ciudad.
—¿Y cómo se siente?
—Me duelen las piernas...
—Buen síntoma... —observé a Calvino con desconcierto—. Eso quiere decir que todavía las trae consigo...
—Muy gracioso, Inspector... No me dijo que también se dedicaba a la medicina...
—Porque no me dedico, desde luego... Como usted sabrá, la única medicina que conozco y de la cual me hago partícipe es la fuerza policial…
—Si usted cree que es la medicina apropiada...
—Lo es...
—Tal vez deberían hacer mejor su trabajo…
—Usted sabe que lo haremos...
—En realidad tengo mis dudas…
—No se confunda, Alenz… Que algunos no tengan el valor para hacerlo no significa que la justicia no exista... —Calvino parecía muy convencido de sus palabras. Por mi parte preferí liquidar la conversación lo mas pronto que me fuera posible.
—Inspector... ¿Cuánto van a demorar a Rebeca en el interrogatorio?
—El tiempo que sea necesario…
—Me imagino que los niños no van a prestar declaración...
—Mejor hablemos del conductor...
—Antes dígame si están bien...
—Claro... ¿Usted que cree? —en ese momento alguien golpeó la puerta. El Inspector Calvino sonrió—. Bien... Creo que tiene visitas... Los dejo solos...
—¿Y me voy a quedar hablando con la pared?
—Ya me lo va a agradecer... —Teodoro, mi medio hermano por parte de madre, se asomó por entre la puerta con un ramo de flores. Pésimo gusto.
—¿Se puede? —preguntó al tiempo que Calvino abandonaba la sala.
—Teodoro...
—Cristián... ¿Cómo estás?
—Bien... Mirando un poco la televisión desde la cama... —Teodoro clavó los ojos en el televisor que se suspendía en el extremo superior izquierdo.
—Que raro... Pensé que no te gustaban los partidos de fútbol...
—En realidad estaba observando ese soporte de caño hueco... Podría caerse, no se ve muy firme que digamos...
—Es bueno que no hayas perdido el sentido del humor...
—Si, para eso está el Inspector Calvino...
—¿El Inspector Calvino?
—Si, vino a hacerme algunas preguntas sobre al accidente...
—El accidente... —Teodoro caminó unos pasos y dejó las flores sobre un asient—. Bueno, solo pasaba a ver cómo estabas y si necesitabas algo...
—Estoy bien, de verdad...
—Si, yo se... Pero nunca está de más pasar un tiempo con mi hermano...
—No te preocupes, Teo... La doctora dice que en unos días voy a estar en casa otra vez y trabajando...
—Cris... De verdad me gustaría que consideraras la posibilidad de continuar con el tratamiento... Tengo entendido que son los mejores profesionales que hay en toda la ciudad...
—Te lo agradezco, hermano... Por el momento me siento bien y creo que voy a sentirme mejor con el correr de los días...
—Bueno... Me alegra oír eso... Tal vez prefieras descansar ahora...
—Está bien, Teo... Te agradezco por acordarte de mí...
—Mamá también vino... Está afuera con Papá...
—¿Papá no piensa entrar?
—El taxy está en la puerta... Tenemos que llevarlo de vuelta al asilo antes de las cinco...
—¿Sigue igual?
—Creo... Todavía no sabemos ni en que año está...
—Ojalá algún día encuentren esa cura...
—Si, ojalá... —Papá aquejaba una hemiplejia y una enfermedad degenerativa desde hacía poco menos de un año y medio.
Mamá lo sufrió en carne propia. Ciertamente resultaba injusto ver a su compañero de toda la vida convertido en una planta desecha y sin vida. Los médicos decían que lo suyo era irreversible.
Nunca entendí porqué todo aquello que nos importa se va...
—¿Te gusta? —pregunté a Teodoro.
—¿Qué es eso?
—No se... Lo hizo Nando hace unos días... Dice que es un auto que escupe fuego... —Teodoro me observó con incomprensión. —¿Te pasa algo hermano?
—Es que... Todas estas cosas, Cris... No creo que te puedan ayudar demasiado en este momento... Y no te lo digo como terapeuta, sino como hermano...
—Teo, fue sólo un golpe... Me voy a poner bien, en serio...
—¿De verdad no te das cuenta? —observé a Teo con cierta confusión. Parecía nervioso y titubeaba, como buscando las palabras apropiadas.
—Este bloqueo… Todo esto que te está pasando...
—No te entiendo... ¿Qué me querés decir?
—Cris... No es bueno que sigas negando lo que hizo ese tipo... Lo que le hizo a Rebeca y a tus dos hijos...
* Continúa en Capítulo 02. Perro Negro
©Ernesto Fucile | www.ErnestoFucile.com.ar
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CAPÍTULO 01 - Buenos tiempos, malos tiempos
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