La Península del Dragón

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Un rayo surcó la inmensidad del cielo mientras los caballeros —hombres ambiciosos en su mayoría— se aprestaban en sus labores, aunque horas atrás estuvieran dispuestos a regresar sino no se avizoraba el objetivo.
Los había de toda clase; cobardes, valientes, rústicos, talentosos, débiles, rudos, y un sastre y un intérprete que dialogaban junto al grumete de la embarcación.
—¡Diez mil monedas! ¿Qué les parece?
—Perdone pero yo no me haría tantas ilusiones —sugirió el que también hablaba el idioma de Sun Tzu.
—¿Por qué no? —terció el costurero—. Todos sabemos que es un vuelto para ellos.
—Por supuesto... Sólo digo que es mejor sino se espera nada... Ya verá cómo se evita un buen disgusto.
—¿Disgusto? ¡Con lo que necesito esa recompensa! —maldijo el grumete—. ¡Además me la gané! ¡Yo fui el primero!
—Lo sabemos, amigo... Lo sabemos. Pero dígaselo a él... —acusó, apuntando el dedo hacia el capitán; un sujeto del no se había oído una sola palabra durante la última media hora.
El traductor llevaba la razón puesto que en definitiva aquella cuantiosa suma sería —como en toda recompensa— más valiosa y efectiva en la promesa que en el premio mismo.
Había también allí uno de los apellidos graciosos que residía en el puerto y que hacía las veces de maestre, a la par del que —aún en silencio— reposaba junto a un alambique consultando el mapa de un fulano de nombre Martellus.
Probablemente los que se habían amotinado hacía apenas dos días le hubieran dado un cuchillazo —y razones no les faltaban— a juzgar por la desorientación que había causado la declinación magnética del último mes.
De repente, mientras unas gaviotas y albatros enfatizaban un camino en el sentido de vuelo, el Almirante se levantó del taburete completamente despabilado con los ojos abiertos de par en par, vociferando como un niño que descubre las bondades de una ninfa.
Los integrantes de la tripulación se acercaban de babor a estribor para escucharle hablar casi en forma profética sobre los elementos que este se aventuraba a describir, segundos antes de que aparecieran en el paisaje.
Su nombre era Cristóbal Colón, un cartógrafo y navegante que vería la muerte un 20 de Mayo pero del año 1506 en la Ciudad de Valladolid.
De procedencia incierta y con la fecha de su nacimiento vuelta un enigma —puesto que muchos lo alojan entren los años 1436 y 1456 en la tierras de Portugal, Grecia, Génova, Cataluña, Ibiza y Mallorca—, Colón llegó al cargo de Almirante, Virrey y Gobernador General de las Indias a la orden de la Corona del Reino de Castilla.
Cabe destacar que al igual que su vida, su nombre también es un dato misterioso ya que podría tratarse de uno de los marinos enrolados en las embarcaciones del Corsario francés Guillermo de Casanova —apodado Colón—, que asaltó las posesiones de los Trastámara, ocultando su verdadera identidad por temor a las represalias del Rey Fernando de Aragón.
Sin embargo la epopeya por la cual los libros lo recuerdan, podría tener origen en el hallazgo de un náufrago enfermo que él mismo rescatara de la playa y alojara en su alcoba siguiendo el código de los buenos marinos.
Dicen entonces que el moribundo, procedente de una tripulación diezmada y agradeciendo el gesto de aquel, confió uno de sus más preciados secretos: la existencia de una tierra incógnita oculta más allá del mar tenebroso y de la que —desde su lecho de muerte— dibujó en una infinidad de mapas, relatando a viva voz sin saber que se trataba de la América Precolombina.
De esta forma Colón habría iniciado su periplo en busca de un mecenas, refugiándose en un convento franciscano frente a las costas de Huelva y encontrando dos frailes que —desde la ciencia y la negociación comercial— lo pondrían en contacto con los reyes y marineros de sus cuatro viajes fechados en 1492, 1493, 1498 y 1502; sucesos que impulsarían la expansión mundial de Europa y la matanza indígena por parte de las potencias de entonces.

Otra de las versiones afirma que Cristóbal Colón no partió desde el puerto de Palos sino que atravesó las columnas de Hércules para llegar a setecientas cincuenta leguas en donde se avistaría “Un mundo fuera de toda conversación y noticia”.
De hecho el propio Piris Reis asegura —mediante una escritura de su mapa— que Colón no fue a la aventura sino que contaba con información privilegiada, visitando América incluso en el año 890 de la hégira del calendario árabe —el equivalente al año 1485— en una expedición financiada por el Papa Alejandro VI.
Que otros anteriores a él visitaran el continente, no es una sorpresa.
Ya está retratado por los navegantes del Oriente o en las leyendas vikingas que datan del año 1000 e incluso en el mapa de Walsperger y de Martellus, en donde se describe perfectamente la llamada Cola del Dragón en las tierras de América del sur, con una visualización de la red fluvial que incluye el Amazonas, el Orinoco, el Río Grande y el Río de la Plata.
Perteneciente a una época en donde los padres de la cultura occidental no distinguían entre la astronomía, la astrología, el sentir, el creer y el saber, Cristóbal Colón ha quedado en la historia como uno de los —tal vez— primeros hablantes de la lengua castellana y un hombre alucinado entre la poesía y el delirio sobre la imagen de los indígenas, a quienes retrataba en sus cartas como “Ángeles de un Paraíso”; y que un tiempo después remataría al mejor postor en los mercados de Sevilla.
Luces y sombras reposan sobre los restos y huesos de Colón; un hombre al que —al igual que en sus orígenes— se le atribuye un centenar de historias, tumbas y lechos de muerte bajo su nombre.

—¿Qué es todo este lugar?
—¡Es la tierra prometida! —auguró el Almirante.
—¡Espere! ¿Qué son esas cosas? —clamó el maestre bajo el terror que le provocaba aquella extraña y singular luminosidad que ascendía de las aguas y descendía del cielo.
Colón se restregó los ojos y respondió al borde de un infarto:
—¡Que Dios nos ayude!

©Ernesto Fucile | www.ErnestoFucile.com.ar

 
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